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04

TRIESTE, ABRIL 2011

CLAUDIO MAGRIS

Recuerdo todo, pero no entiendo nada.

 

Italo Svevo, La conciencia de Zeno

 

 

 

 

¿Quién habla ahí dentro? (A ciegas, p. 63)
Algunas veces, cuando están implicados problemas morales, políticos, intelectuales o culturales, hablo yo mismo, Claudio Magris, nacido en Trieste el 10 de abril de 1939, con mis ideas y mis convicciones, y entonces, naturalmente, me reconozco en aquello que digo y soy yo quien habla de forma consecuente. En otras ocasiones, en cambio, habla uno de los muchos que hay dentro de nosotros y que cada tanto aflora, sobre todo en la escritura que, en cierto modo, está menos controlada que las palabras, y es a lo que Ernesto Sábato se refiere como escritura nocturna. Aquella que, de modo imprevisible, surge cuando habla una especie de sosias que dice cosas que tal vez no te gustan y dice verdades que te traicionan ―la verdad detestable, dice Sábato.
La palabra está mucho más controlada ―es paradójico―, excepto en momentos de grandes confidencias, de desesperación, con cualquier amigo con el que te dejas ir. Yo, ahora hablando contigo, soy ―por desgracia, porque es la primera vez que hablamos― Claudio Magris (profesor jubilado, autor de libros…) y controlo lo que digo, no diría cosas absurdas de las que tengo miedo. En la escritura, en cambio, uno puede no publicar, pero en el momento en que escribe debe escribir verdaderamente aquello que le sale, y eso que sale debe asumirlo. Y, además, son muchos los que hablan ahí dentro. Algunas veces, también, habla uno solo. Incluso en los textos más nocturnos, de entre todas las voces, habla sólo el maníaco obsesionado con la idea de la voz auténtica ¡y la encuentra únicamente en la voz falsa! [Silencio] Cada uno de nosotros es un coro. Estoy convencido de ello.

¿Pero Usted a quién representa? (Microcosmos, p. 65)
Una vez, estando en un pequeño pueblo, fui a la biblioteca pública porque buscaba un libro de un poeta que en el s. XVII había escrito un himno a la materia. Pregunté al bibliotecario si lo tenían. Y él, en vez de decir “sí” o “no” o “vamos a ver”, me dijo: “¿Pero usted a quién representa?”. Y yo respondí: “¡Ah, represento a muchísimas categorías…! Represento a los machos, a los bípedos, a los mamíferos, a los mortales, a los hijos, a los padres, a los tíos, a los hermanos no porque yo no tengo hermanos, a los cuñados, a los propietarios de apartamentos…”. Tuve la sensación de un mundo en el cual nadie es uno mismo, pero va por ahí representando cualquier cosa de sí mismo. El carnet de identidad en lugar de la identidad. Cualquier cosa que no existe, como la tarjeta de crédito, un trozo de cartón que, sin embargo, representa. Me hubiese gustado poder responder como Don Quijote: “Yo sé quién soy”, pero esto es muy difícil.

[Silencio]

¿Quién puede narrar la vida de un hombre mejor que él mismo? (A ciegas, p. 10)
Creo que el único que podría hablar es el otro yo, cuando existe; aquel yo más libre que hay dentro de nosotros, que no es aquel directamente interesado, ávido, aquel que no está solo angustiado por el miedo a la enfermedad, pero que a la vez es consciente de sí mismo. Cada uno de nosotros puede tener, a veces lo tiene y otras no, una especie de sosias que es también el narrador de su vida. Y que no es solo aquel que tiene miedo, que tiene envidia, pero que también es capaz de ver el sentido de la propia historia, qué significa ese miedo, de dónde procede… En el fondo, este otro yo puede ser, alguna vez, el yo que escribe, que naturalmente ama con la misma pasión pero no necesariamente con la misma ceguera de la persona. Alguna vez el escritor es un impostor. Y no estoy hablando de los hechos, de falsearlos, estoy hablando de decir la verdad o no que es propia de nuestra persona, alma, interioridad…, llámalo como quieras. Tener consciencia de esto ayuda. Yo creo que en Microcosmos o en Danubio he dicho bastante lo que soy. O al menos aquello que querría ser, pero que querría ser sinceramente.

¿Por qué se escribiría si no es porque se olvida, para volver a encontrar por lo tanto las cosas olvidadas? (A ciegas, p. 143)
Esta es una de las razones que más me empuja a escribir. No creo que sea la única, porque creo que se escribe también para protestar, por ejemplo, por el amor de contar también las cosas de otros, para ordenar o para entender. Yo siento la escritura como la lucha contra el olvido. Pero pienso que se escribe también por desesperación, otras veces por felicidad: Pickwick parece escrito por felicidad y tantas cosas de Shakespeare por desesperación.  

¿Qué se pierde escribiendo? (El infinito viajar, p. 258)
Para escribir se necesita un cierto distanciamiento de las cosas sobre las que se escribe. Como decía Kafka de forma mucho más trágica: estoy fuera del territorio del amor, por eso puedo escribir sobre el amor. Thomas Mann decía que para describir la vida uno debe tener una perspectiva desde fuera, también de pérdida de la vida inmediata. Después sucede otra cosa, algo dolorosa, y es que hay ciertas cosas que están de lleno dentro de nosotros y cuando las escribimos desaparecen, ya no están, no conseguimos decirlas. Es como las flores que lleváramos de una tierra a otra, o una mudanza, metiendo las cosas en maletas…, siempre se pierde algo. Es un misterio. Es como si en la escritura, expresándola y ordenándola, se perdiese aquello que hemos querido expresar. Es como si estas cosas no encontraran su sitio en el nuevo orden que hace la escritura. Porque escribir un libro supone cambiar…

¿Qué significa entender? (Otro mar, p. 74)
Una respuesta plenamente satisfactoria requeriría una buena novela porque es una cuestión fundamental. Creo que entender es muy diferente en el caso de una ley matemática que en el de una personalidad. Diría que es conseguir establecer de manera adecuada el juicio que se tiene sobre una persona, una acción, mediante la participación. Es decir, tú podrás entender verdaderamente un hecho determinado de mi vida si consigues vivirlo manteniendo el razonamiento que yo he seguido, porque si he matado a alguien no sólo hay que tipificarlo como el delito que es según el código penal, sino que también implica comprender las razones que me han llevado a hacerlo, además de juzgarlo.
Quizás habría que decir que, desde este punto de vista, un escritor entendido por todos es Dostoievski. Dostoievski, y en consecuencia Raskólnikov, nos hace entender y participar del sufrimiento que le ha llevado al delito, a toda la complejidad de su ánimo, pero nos hace sentir que las dos ancianas asesinadas son misteriosas, complejas.

¿Inventa?, ¿encuentra? (El infinito viajar, p. 18)
Sobre todo, encuentro. La invención a menudo viene justo después. Melville dijo: “Truth is stranger than fiction”. Aquello que sucede, ciertas personas que se conocen, ciertas historias que oímos contar, colectivas, individuales, son tan propiamente originales, como decía Svevo, que uno las toma y es como si yo escribiendo tomase e hiciese un mosaico con cada una de las piezas que encontrara. Después, yo con estas piezas hago una figura que es inventada, pero las piezas del relato son encontradas. Y esto es de siempre porque la realidad hace una competencia desleal a la literatura, talmente grotesca, tan terrible, tan negra negrísima, horrenda, trágica, que al inventarla nos daría la impresión que lo hace un escritor kitsch.

¿Qué se hace para ver en la oscuridad? (A ciegas, p. 150)
No hay que mitificar la oscuridad. No creeré que la oscuridad esté siempre llena de quién sabe qué dios o diablo o magia extraña. La oscuridad puede ser simplemente un vacío en el cual no haya nada. Pero puede ser también buena. Yo, por ejemplo, amo la noche. Me gusta. En un bosque vacío me siento casi protegido, me siento como la bestia que puede esconderse, más que expuesta a un cazador que no ve. Yo creo, como Chesterton, que si alguien oscurece una estancia es para hacer creer que hay misterio y, en cambio, no hay nada.
No temo la oscuridad, no me da miedo… ¡y tampoco pretendo verlo todo! Cuando miro sobre el bosque o el mar, de noche, pienso en toda esa vida infinita que no veo: peces, bestias, plantas…, pero lo acepto y no quiero buscar una lente especialísima que engrandezca… Forma parte de un pudor en la relación con las cosas, con uno mismo…  

¿Qué es un hombre sólo con su vida, sin noticias memorables que la iluminen lo mismo que los fuegos artificiales alumbran a la muchedumbre agolpada en la oscuridad? (A ciegas, p. 218)
Un hombre con su vida lo es todo, y ese todo a veces es trágico.

[Silencio]

¿Pero existen todavía casas a las que volver? (A ciegas, p. 72)
Sí. Es muy difícil, claro. Mira… el retorno no es nunca al mismo lugar porque, por ejemplo, esta charla que mantenemos ahora mismo nos cambia aunque sea un poco, tenemos algo que antes no teníamos, me he sentido estimulado, tú me has conocido… Por tanto, ya hemos cambiado un poquito y, además, la casa no es solamente un lugar sino el “estar en casa”, el “sentirse en casa”. Está claro que si una persona ha cambiado un poco, la vuelta a casa no es solamente el retorno. Sentirse en casa es otra cosa.
Esto vale para las grandes distancias, para aquellos que estuvieron prisioneros en Rusia durante la segunda guerra mundial y vale también para cada momento, para cada día. Está claro que yo, esta noche, cuando regrese a casa, no habré cambiado tanto como si hubiese estado cinco años en un gulag y no encontraré cambios significativos, pero es cierto que cada retorno es nuevo. Siempre.

¿Dónde, cómo volver? (A ciegas, p. 77)
No lo sé, porque no existe una respuesta. El individuo concreto se encuentra no ya en un lugar determinado sino en una situación determinada, en una determinada condición espiritual y también esto condiciona el cómo, porque un individuo puede haber cambiado y ser más feliz que antes, o menos feliz. Puede haber perdido la fe, puede haber perdido ciertas cosas y esto determina el viaje, que cambia. Tú puedes ir al mar solamente con tu ordenador pero si, en cambio, tienes un baúl y tienes que recorrer un kilómetro, la cosa cambia. Y esto vale también en el sentido emocional. El viaje depende de cómo se encuentra el individuo, de lo que ha vivido.

¿Por qué nuestro viaje tendría que terminar en la nada? (El Danubio, p. 369)
Yo no creo que el final de mi viaje sea el fin del mundo. En una obra de teatro siempre hay un personaje que termina su papel y otro que continua en escena. Si yo hago de Polonio en Hamlet salgo de escena antes que él. La nada, para mí, no tiene conexión con el final ni con la muerte. Nunca. En mi opinión, está mucho más conectada con la incomprensión entre dos personas que se aman, con la dificultad, en algunos casos, del amor, pero no únicamente del amor entre hombre y mujer sino entre amigos, entre personas y, por lo tanto, la nada es la sombra que envuelve las ambigüedades de la vida, todo el polvo que se acumula sobre las cosas. Se trata de tener una relación libre con este polvo, con este desencanto, con este desafío después de un fracaso entre dos personas. No creo que algo que termina deba destruir lo que ha sucedido anteriormente. Mi madre murió, pero su muerte no destruyó su existencia. Cuando se sale del mar, el mar continúa allí. No es la nada. La nada es la ambigüedad, no es el fin.

¿Por qué la muerte debería hacernos sentir a Dios más próximo y más visible? (El infinito viajar, p. 266)
Esto no lo sé… Realmente es un problema enorme. ¿Por qué un infarto debería facilitarme un conocimiento del absoluto más profundo que una rotura de rodilla?
Hay una expresión bellísima de la teología católica, y quizás también protestante, que habla del estado intermedio. Karl Rahner, el gran teólogo alemán al que yo leo muchísimo, interesantísimo, dice que la vida ultraterrena no es como si fuera una continuación de ésta, como si un jubilado dijese: “voy a la Riviera o me voy a Ibiza, porque allí se está bien”. La vida ultraterrena forma parte del mundo y, por lo tanto, la teología la define como un estado intermedio porque ya no están aquí, pero todavía no han llegado a aquella bondad final que se supone. El estadio intermedio tiene también imperfecciones y nadie ha dicho que esté del todo claro. Ciertamente, es muy interesante. Es un libro bellísimo, también, el segundo volumen de Jesús de Nazaret, de Ratzinger, en el que hay un capítulo que dice: “No hay vida eterna, no hay un después. Hay un aquí y un ahora”. Con mucha valentía dice que el evangelio señala ésta como la vida eterna. Por tanto, es la sencillez, el aquí y el ahora. Es muy interesante.

¿Quién es, ahora? (A ciegas, p. 145)
Muy difícil de responder, muy difícil… [Silencio] Tengo setenta y dos años y no me da ningún miedo la vejez, pero tengo una sensación muy clara de que ciertas cosas, no de mi vida externa, no de mis relaciones, sino en mi interior, en la escritura, el ritmo de vida, deben cambiar. La gran cuestión que me planteo ahora es si mi bagaje, mi capital, podrá todavía enriquecerse poco o mucho dando lugar a grandes cambios. No lo sé. Estoy en un momento de gran perplejidad. Soy viejo, lo sé, lo noto, en el aspecto físico, en el caminar…, pero, por lo demás, sigo sin saber qué haré de mayor porque, mira, continuo como a los quince años, sin saber si soy creyente o no. Eso sí, también he adquirido una saludable distancia de mí mismo, me preocupa menos lo que pueda sucederme, pero las pasiones continúan vivas, no resueltas… Todo igual, pero yo me importo menos. Cuando tiemblo no tiemblo por mí, tiemblo por mis hijos, por los demás, por su futuro, no porque tenga miedo, sino para desearles la felicidad. A mí ya todo me está bien. Puedo sentir espontáneamente aquello que Nietzsche dijo una vez: “¡Qué importo yo!”. Y eso me permite disfrutar de la vida. Yo trato de disfrutar la vida lo mejor que puedo… El mar, ¡todo!, este whisky, el cigarrillo… Cualquier cosa mucho más importante: los sentimientos, el amor, la amistad… No creo que se me deba nada. Veamos qué es lo que sucede. Entretanto, me saco el sombrero y pido a la vida limosna.
[Silencio]
Claro que no puedo olvidar que yo años atrás…

[Traducción: Marta Duarte/ Beatriu Cajal]