MINUTOS DE CONVERSACIÓN

Minutos de conversación

¿Cómo entender lo ajeno?

Juan Villoro, De eso se trata, p. 191

¿Por qué no me dices la verdad de lo que te pasa?

Alberto Laiseca, La mujer en la muralla, p. 189

 

¿Quién habla ahí dentro?

Claudio Magris, A ciegas, p. 63

¿Qué puedo esperar de los demás?

Alberto Laiseca, Su turno, p. 45

 

¿Por qué nuestro viaje tendría que terminar en la nada?

Claudio Magris, El Danubio, p. 369

¿Y entonces?...

Horacio Castellanos Moya, Tirana memoria, p. 142

¿Cuándo se acaba lo que no tiene meta?

Juan Villoro, Los culpables, p. 54

 

Una vez, estando en un pequeño pueblo, fui a la biblioteca pública porque buscaba un libro de un poeta que en el s. XVII había escrito un himno a la materia. Pregunté al bibliotecario si lo tenían. Y él, en vez de decir “sí” o “no” o “vamos a ver”, me dijo: “¿Pero usted a quién representa?”. Y yo respondí: “¡Ah, represento a muchísimas categorías…! Represento a los machos, a los bípedos, a los mamíferos, a los mortales, a los hijos, a los padres, a los tíos, a los hermanos no porque yo no tengo hermanos, a los cuñados, a los propietarios de apartamentos…”. Tuve la sensación de un mundo en el cual nadie es uno mismo, pero va por ahí representando cualquier cosa de sí mismo. El carnet de identidad en lugar de la identidad. Cualquier cosa que no existe, como la tarjeta de crédito, un trozo de cartón que, sin embargo, representa. Me hubiese gustado poder responder como Don Quijote: “Yo sé quién soy”, pero esto es muy difícil. [Silencio]

 

¿Con las cosas en general? [Pausa] ¡No! Me pasan demasiadas cosas jodidas. [Silencio]

 

¡El intocable! ¿Ah? Otra de las series favoritas en mi niñez: “Los intocables”, con Eliot Ness. [Pausa] Es otro sueño, otra ilusión. Todos nos creemos intocables. [Silencio] Hasta que nos tocan.

 

Tengo miedo de todo. Ser mexicano implica tener miedo, sobre todo en los últimos años, porque tenemos una sociedad rota y un clima de amenaza muy fuerte. He tenido mucho más miedo de adulto que de niño. De niño me sentía protegido por fuerzas paranormales que tenían que ver con superhéroes. Algunos de estos superhéroes eran mis propios familiares, lo que pasa es que yo los veía como seres dotados de poderes dignos de protegerme. Cuando había temblores en México yo pensaba que era mi padre que caminaba por la casa. Sus pasos me parecían tan fuertes, tan firmes, que de alguna manera hacían bambolear la construcción entera. Después, al crecer, me di cuenta que en la soledad ―y en un mundo en el que ya no se podía salir a la calle de manera impune, de manera inocente, también―, el miedo se convirtió en una segunda naturaleza. Tiene que ver con la sensación de peligro que vivimos en México, pero quizá también, de un modo general, tiene que ver con la vida adulta. Es decir, con la pérdida de la magia y de la protección que te da la creencia en la magia.

 

Es uno de los grandes temas literarios. Situarte en la piel de otra persona. Suponer que no eres tú, sino que el que escribe, el que mira, el que sufre es otro. Este traslado es un ejercicio de traducción de almas, digamos. A mí me interesa muchísimo pensar en la posibilidad de estar en piel ajena. Cuando escribo un texto me cuesta mucho trabajo valorarlo. Uno es el peor juez de lo que ha escrito. Es difícil cobrar distancia y tener la objetividad con la que uno puede juzgar textos ajenos. Sin embargo, de manera sorprendente, la única prueba de que algo que yo escribo vale la pena es cuando lo leo o alguien me lo menciona y me parece que lo escribió otro. Es decir, cuando me desconozco en ese texto y digo: “¿pero de quién es eso?”, y me dicen: “tú lo escribiste”. Es la única prueba en la que yo siento que el texto vale y tiene una entidad ajena. ¡Claro! Esto ya me priva de sentirme orgulloso de ese texto porque me estoy sorprendiendo ante él como algo que no me pertenece. Ese es el grado de desprendimiento por el que debe apostar la escritura.

 

En una ocasión, un amigo me contó una historia que me pareció una especie de parábola sobre todo esto a propósito de un galgo que corría en el galgódromo persiguiendo la liebre eléctrica. Corría afanosamente en pos de la liebre, como todos los galgos, hasta que un día el mecanismo se descompuso y pudo atrapar a la liebre. Se dio cuenta de que estaba hecha de metal vil y común y a partir de ese momento no volvió a correr. No había manera de entrenarlo para que corriera. Había descubierto que la meta no tenía sentido. Creo que debemos correr para no llegar nunca a la meta.

 

 

Yo no creo que el final de mi viaje sea el fin del mundo. En una obra de teatro siempre hay un personaje que termina su papel y otro que continua en escena. Si yo hago de Polonio en Hamlet salgo de escena antes que él. La nada, para mí, no tiene conexión con el final ni con la muerte. Nunca. En mi opinión, está mucho más conectada con la incomprensión entre dos personas que se aman, con la dificultad, en algunos casos, del amor, pero no únicamente del amor entre hombre y mujer sino entre amigos, entre personas y, por lo tanto, la nada es la sombra que envuelve las ambigüedades de la vida, todo el polvo que se acumula sobre las cosas. Se trata de tener una relación libre con este polvo, con este desencanto, con este desafío después de un fracaso entre dos personas. No creo que algo que termina deba destruir lo que ha sucedido anteriormente. Mi madre murió, pero su muerte no destruyó su existencia. Cuando se sale del mar, el mar continúa allí. No es la nada. La nada es la ambigüedad, no es el fin.

 

¡Se sobrevive! Se busca un pequeño nicho donde pasar la tormenta. [Bebe] No hay progreso. Fuera de la tecnología.

 

En general, la traición, pero…, con toda honestidad, no creo que sea siempre así. Creo que no. Sería muy feo de MI parte pensar eso. Ahora, la traición inesperada, imposible, la he conocido de cerca. Una vez un tipo que ya murió me dijo: “Lai, lo que más abunda en este mundo es la traición y la muerte”. [Pausa] Ese tipo me traicionó. [Risas]

 

Algunas veces, cuando están implicados problemas morales, políticos, intelectuales o culturales, hablo yo mismo, Claudio Magris, nacido en Trieste el 10 de abril de 1939, con mis ideas y mis convicciones, y entonces, naturalmente, me reconozco en aquello que digo y soy yo quien habla de forma consecuente. En otras ocasiones, en cambio, habla uno de los muchos que hay dentro de nosotros y que cada tanto aflora, sobre todo en la escritura que, en cierto modo, está menos controlada que las palabras, y es a lo que Ernesto Sábato se refiere como escritura nocturna. Aquella que, de modo imprevisible, surge cuando habla una especie de sosias que dice cosas que tal vez no te gustan y dice verdades que te traicionan ―la verdad detestable, dice Sábato.La palabra está mucho más controlada ―es paradójico―, excepto en momentos de grandes confidencias, de desesperación, con cualquier amigo con el que te dejas ir. Yo, ahora hablando contigo, soy ―por desgracia, porque es la primera vez que hablamos― Claudio Magris (profesor jubilado, autor de libros…) y controlo lo que digo, no diría cosas absurdas de las que tengo miedo. En la escritura, en cambio, uno puede no publicar, pero en el momento en que escribe debe escribir verdaderamente aquello que le sale, y eso que sale debe asumirlo. Y, además, son muchos los que hablan ahí dentro. Algunas veces, también, habla uno solo. Incluso en los textos más nocturnos, de entre todas las voces, habla sólo el maníaco obsesionado con la idea de la voz auténtica ¡y la encuentra únicamente en la voz falsa! [Silencio] Cada uno de nosotros es un coro. Estoy convencido de ello.

 

 

No, eso no. Si yo te digo la verdad de lo que me pasa, tú no te vas a enriquecer, pero yo sí voy a empobrecerme. Entonces, ¿para qué hablar?

¿Pero Usted a quién representa?

Claudio Magris, Microcosmos, p. 65